Piamonte, la famosa región del norte de Italia donde se producen los codiciados Barolos y Barbarescos, vio cómo su cotización en el mercado alcanzaba precios exorbitantes a finales de los años 80, lo que la alejó del alcance de productores más jóvenes que no tenían vínculos familiares con la tierra. Por esta razón, cuando terminó sus estudios de enología, el joven Gian Luca Colombo, natural de Langhe pero sin tradición vitivinícola, decidió dedicarse a la consultoría en diversas regiones italianas, obteniendo de esta manera no solo experiencia, sino también notoriedad.
En 2011 consiguió obtener 0,3 hectáreas de viñedo en su tierra natal, en Langhe, y fundar la bodega Segni di Langa. Empezó a producir vinos en su propia bodega en 2014, y dos años después lanzó su Barolo. Sus vinos son el reflejo de una interpretación personal, es decir, no están condicionados por la obligación de dar continuidad a la forma de elaborar vinos según las generaciones precedentes. En cuanto a la tan famosa discusión entre la forma tradicional y la moderna de producir vinos, tan exacerbada hoy en día en la región de Barolo, Gian Luca Colombo estableció desde el principio su objetivo.
Su objetivo es, entonces, elaborar vinos que sean una expresión fiel de las uvas que la naturaleza le proporciona año tras año, vinos emotivos y placenteros de beber. Para lograr este propósito de producir vinos dotados de particularidades emotivas, Gian Luca comprendió que el camino ideal es seguir los preceptos de la agricultura orgánica y biodinámica, es decir, el tipo de agricultura que respeta la vida microbiótica del suelo.
Impulsado por estas ideas, Gian Luca vio cómo su primer vino, un pinot nero, era galardonado con el premio “Top Pinot Noir de Italia”, y tras iniciar su andadura en la producción de vinos basados en la variedad nebbiolo, fue galardonado, en 2014, con el prestigioso premio Gambelli al “Joven productor del año”. Desde 2017 sus vinos se etiquetan no solo con su nombre, sino también con su huella dactilar. La firma personal representa al agricultor, la huella dactilar enfatiza la fidelidad al terroir, la voluntad de no interferir en la elaboración del vino, desde el cultivo de la uva hasta el embotellado. Es decir, Gian Luca pretende proporcionar una emoción auténtica a quien bebe su vino, que no se filtra ni se clarifica. Como él dice, “¡una buena botella es una botella vacía!”, porque siendo así, el contenido de la botella ha llenado de emoción a la persona que tuvo la suerte de abrirla.