Massimo Antonuzi creció a unos 130 km de Roma, junto al lago volcánico de Bolsena, donde ayudaba a su abuelo a producir vino. Más tarde, ya formado en arquitectura, se instaló en la “ciudad eterna”, cuna del imperio romano. Pero la cultura vitivinícola le corría por el alma, y así, junto con la también arquitecta Patrizia Montanari, decidió abrir una tienda de vino precisamente en Roma. Este contacto directo con el vino despertó en la pareja, naturalmente, el deseo de buscar un día a día más tranquilo, más ligado a la naturaleza. En 2015, entonces, decidieron abandonar el frenesí de Roma y se dirigieron hacia el norte, con la intención de recuperar pequeñas parcelas de viñas antiguas, plantadas en 1948, que pertenecían a la familia de Massimo, situadas en Alta Tuscia, dentro de la Caldera de Latera. Nació de esta manera el fascinante proyecto denominado Cantina Ortaccio.
El objetivo de Massimo y Patrizia es trabajar exclusivamente con variedades autóctonas de la región de Lacio: en 2017 plantaron, en Gradoli, su primera viña de la variedad Procanico; en 2019, en la zona de Latera, plantaron Sangiovese, Gregetto, Ciliegiolo y Procanico. Cuando surgió la inevitable necesidad de contar con una bodega, ahí su experiencia como arquitectos fue determinante. Para llegar al corazón de la asombrosa bodega es necesario descender y recorrer un túnel de 40 metros de longitud, excavado manualmente en la roca. La profundidad a la que se encuentra les garantiza durante todo el año una humedad constante y una temperatura inalterable de 12 grados Celsius.
La filosofía de Massimo y Patrizia es bastante transparente: trasladar a las botellas aquello que la naturaleza les proporciona cada año. Para ello, utilizan prácticas agrícolas basadas en los principios de la biodinámica, descartando desde el principio el uso de productos sintéticos en la viña, empleando solo cobre y azufre en concentraciones muy bajas. En la bodega, el proceso de vinificación también es bastante sencillo. Tras la vendimia, las uvas se despalillan manualmente y se pisan a pie en cubas, produciéndose la fermentación en recipientes de fibra de vidrio. Cuando terminan las fermentaciones, el vino permanece un mínimo de 10 meses en barricas de roble usadas. Concluida esa etapa, el vino se embotella, sin filtración ni clarificación, y permanece en botella un período mínimo de tres meses antes de salir al mercado. Nunca se utilizan sulfitos.