Como un paso natural en un testimonio familiar, es incontable el número de productores de vino que se dedican a la tarea de la vinificación por influencia de sus padres, pero ese no es el caso de Nacho González, cuya inspiración fue, y sigue siendo hoy, su abuela. Un poco de historia: en 2011, Nacho, biólogo de formación, regresó a sus orígenes, a Valdeorras, una de las regiones vinícolas más importantes de Galicia, para trabajar —hasta las 15 horas de la tarde— en proyectos de la Unión Europea relacionados con la asignación de financiación destinada al desarrollo rural.
Con el tiempo libre que tenía por las tardes, se dedicó a recuperar tres parcelas de viñas en vaso que su abuela le había dejado. Fue el inicio de una búsqueda que aún hoy le hace recorrer los valles de Valdeorras en busca de viñas abandonadas y perdidas. Nació así el fascinante proyecto personal “La Perdida”.
La abuela de Nacho fue agricultora durante toda su vida y la viña era solo uno más de los productos que cultivaba. Sin embargo, tanto la forma en que trabajaba la viña como el modo de hacer el vino en la bodega quedaron para siempre grabados en la memoria del nieto, ya que ni en la viña ni en la bodega se añadía nada a las uvas. Al ser biólogo, Nacho sabía que los conceptos empíricos de su abuela eran absolutamente correctos, y seguir sus pasos fue para él el camino más que obvio, el camino correcto, el único camino.
Su primera vendimia vio la luz en el año 2012: un vino blanco y otro tinto, con un total de 600 botellas. Hoy en día, Nacho produce una cantidad que le resulta cómoda, entre 16000 y 20000 botellas al año, según los dictados de la naturaleza. Pero no es tanto en la cantidad de botellas producidas donde se percibe el espíritu inquieto de Nacho, sino más bien en el total de vinos diferentes que elabora: en este momento tiene lanzadas al mercado 17 etiquetas distintas.
En cada parcela que encuentra, Nacho se dedica en primer lugar a la recuperación de los suelos, eliminando cualquier vestigio de productos químicos, mediante el uso de abonos verdes (centeno y veza), de sustratos orgánicos (tojo triturado) y de abono orgánico, todo con el objetivo de dar aún más vida al suelo. Cabe señalar que las diferentes parcelas que trabaja están formadas por una variedad geológica de caliza, arcilla, pizarra y granito. Las viñas, cuyas edades van desde los 35 hasta los 80 años, reciben tratamientos naturales a base de plantas, como milenrama, ortiga, cola de caballo o consuelda, a los que se suman pulverizaciones de arcilla de la región de Valdeorras, y las podas son siempre tardías, a finales de marzo. En la bodega, para que sea la naturaleza la que dicte el destino de la vendimia, las uvas se pisan y nada más. Las fermentaciones se realizan en barriles de madera usada y en ánforas españolas de barro de 400 litros (tinajas), fabricadas por el famoso productor de ánforas Juan Padilla, que utiliza un proceso de envejecimiento de 2 años sin ningún tratamiento para que interfieran lo mínimo posible con el vino.