Es en la comarca de Los Duques y Las Monjas, pequeños pueblos situados a 80 kilómetros al oeste de la ciudad costera de Valencia, donde la familia Romero ha estado produciendo cereales y almendras, pero también uvas, que año tras año siempre se han vendido a la cooperativa local. Las cuarenta hectáreas de viñedo que constituyen la propiedad familiar, es importante destacar, siempre han sido trabajadas orgánicamente y sin el uso de pesticidas o herbicidas, porque el clima local, seco y con precipitaciones anuales muy bajas, no es propenso a las enfermedades típicas que suelen atacar a las vides.
Esta dinámica familiar se mantuvo inalterable durante cuatro generaciones hasta que Verónica Romero, dotada de una mente inquieta y curiosa, se atrevió a romper con la tradición. Verónica comenzó estudiando Ingeniería y Técnicas Agrarias en la Universidad de Valencia, y luego complementó su formación académica haciendo una licenciatura en Enología en la misma institución. En los siguientes ocho años después de completar su formación académica, simultáneamente con su trabajo como ingeniera, fue también utilizando pequeñas parcelas de viñedos de la propiedad para desarrollar sus ideas personales sobre el arte de la elaboración del vino, con la clara intención de ser la primera persona de la familia en producir su propio vino.
El paso definitivo lo dio Verónica en 2017, cuando decidió recuperar un viñedo de tempranillo, seguido de la rehabilitación, en 2018, de un pequeño viñedo de una variedad blanca autóctona y, por desgracia, casi desaparecida: la tardana (como su nombre indica, es una variedad cuya maduración ideal siempre ocurre mucho más tarde que las demás). Luego comunicó a su familia el deseo de iniciar la producción de sus propios vinos, seleccionando tres hectáreas de viñedos en vaso, con edades comprendidas entre 40 y 90 años, y en su mayoría con variedades autóctonas. En el primer año, en 2020, produjo 2000 botellas, en el segundo produjo 4000 botellas, en el tercero llegó a 6000, un número que debe aumentar en esta cosecha 2023. Su objetivo es llegar a las 12.000 botellas al año, y cada etiqueta es parcelaria, es decir, cada vino se elabora con uvas que proceden de la misma parcela.
Para Verónica, hacer vino de la manera más natural posible nunca ha estado en duda, porque los vinos que siempre le han atraído estéticamente son precisamente los vinos naturales. Es por tanto este principio el que guía su trabajo en la bodega. Además de no añadir ningún producto químico a sus vinos, busca elaborarlos en el estilo que le da más placer de beber (en tintos, por ejemplo, la vinificación siempre se hace con poca extracción y con maturaciones cortas, ya que busca obtener elegancia a expensas de la potencia y del alcohol). Sólo utiliza madera (no nueva) en uno de los tintos que produce con la variedad bobal, aunque en 2023 pretende elaborar un vino con esta variedad en ánfora. Todos los demás vinos están hechos en acero inoxidable. Pero, cuando se habla con Verónica es fácil percibir que lo que realmente la hace realizada es el trabajo al aire libre, el cuidar de los viñedos. Su talento radica en la forma en que expresa la identidad y la cultura valenciana a través de sus vinos.